martes, 27 de noviembre de 2012


Nunca he sido de esas personas que les gusta pavonearse diciendo la cantidad de libros que se ha leído, mucho menos aparentar ser una persona culta, de esas que se sienta en un café a leer para así crear la impresión de intelectual, para crear admiración en las demás personas, no, esa relación con la literatura nunca ha sido de mi agrado por que los libros pasan de ser un fin a ser un objeto de lo que quiero, y lo que quiero es volar, soñar, transportar mi alma y mi pensamiento a lugares a los que mi pobre imaginación no llegaría.
En estos momentos me encuentro pasando una crisis por así llamarlo, no soy capaz de leerme un libro completo, me siento a escribir y no me sale nada, es literal, nada ni una letra ni un manchón, las ideas escaparon de mi mente,  pero antes no era así, recuerdo que solía dedicar  tardes enteras a leer,  también recuerdo que cuando era pequeña  me  encantaba sentarme junto a mi hermano y escuchar a las personas contar historias, de esas de vida, de cuando Bucaramanga era muy diferente a lo que es ahora, también historias de miedo y otras de esas que dan mucha risa, recuerdo que las que más me gustaban eran las que contaba mi tío el esposo de mi iguana, ellos son como mis abuelos, siempre nos cuidaron y nos contaron muchas historias, es un recuerdo muy bonito, aún me acuerdo de muchas ellas y se las he contado a mis amigos y a mi hermana  menor, pero ellos no las valoran de la misma forma que yo aún lo hago. Siempre he querido mantener la tradición oral, que las historias pasen de generación  en generación, que al igual que a mí las historias los hagan soñar.
El amor por la literatura lo herede de mi padre, tal vez es lo único bueno que le herede porque su capacidad para  hablar en público y  su soltura y conocimiento de  todos los temas no han salido a flote en mí, tal vez lo tengo pero no he encontrado el punto exacto en el que pueda hacer uso de las capacidades trasmitidas.  Desde que era una niña cultivo en mí el amor por la lectura,  nos hacía soñar y viajar con los libros que nos daba a leer, mi papá trabajaba en una editorial y nos traía muchísimos libros, él viajaba todo el tiempo y mi mamá trabajaba muy duro para sacar a nuestra familia adelante, entonces en las tardes después de almorzar, comenzábamos a hacer tareas y era ahí cuando la mano mágica de mi iguana aparecía para enseñarme las lecciones,  era espectacular porque  al terminar me daba un vaso de limonada y eso me alegraba.  En ese tiempo mi hermano estudiaba en mi misma jornada y en la tarde jugábamos junto a mis primos que vivían con nosotros, hacíamos muchas cosas juntos, pero de ellos la única que tomo el amor por la lectura fui yo,  recuerdo que el primer libo que leí me hizo llorar, lloré toda una semana, mientras lo leía, cuando lo termine y aun ahora cuando  recuerdo una que otra cosa lloro como si fuera la primera vez. No recuerdo como se llama, mucho menos de quién es pero guardo en mi cabeza todas y cada una de las imágenes que cree del libro, el pueblo que describía y de los personajes que más me impactaron,  quisiera volver a leerlo pero sin un nombre es un imposible, solo espero que el destino o algún ente supremo lo traigan mágicamente a mi vida, así como llego para conservar el recuerdo de este primer encuentro con la lectura, y que así como un día lo perdí  (prestándoselo a un amigo para que lo leyera)  tal vez así vuelva.
 Y es que los libros en mi vida han sido es;  magia, un constante devenir, en el momento menos imaginado me encuentro un libro, que llega a hacerme soñar y me  convierto en el personaje principal, en el que yo soy la princesa, la bruja o el cronopio  y vuelo, vuelo por ese mundo que algún escritor creo y me pregunto si lo haría pensando en mí y es un pensamiento egocéntrico, pero todas y cada una de las palabras me llegan al alma y es como si hubieran salido de mi para mí. Aunque no puedo negar que no con todos los libros me pasa lo mismo, hay unos que me dan repulsión y no los sigo leyendo, pero no puedo negar que unos que algún día odie hoy amo, y eso me hace pensar que tal vez no era el momento indicado, que se adelantaron a su tiempo, pero que están aquí, esto   me paso con la vuelta al mundo en 80 días de julio Verne y hoy se encuentra entre unos de mis favoritos, es que siempre he odiado leer como imposición, leer lo que nuestros maestros quieran que leamos, como podremos dar nuestro punto de vista si nos encasillan en los que ellos quieren.
Hace unos días mi tío me pidió que le regalara un libro y le dije que no podía regalarle un libro sin antes devolverle uno que él me había dado, así que tome juan Salvador Gaviota y se lo di, sus ojos se llenaron de lágrimas, de esas lagrimas llenas de nostalgia y de alegría al ver que ese libro que un  día que un día me leyó, que un día me regalo era un tesoro para mí y que sabía que no estaría en mejores manos, que nadie iba a valorarlo tanto como alguno de los dos, ese legado de mi familia es lo que más valoro y amo por encima de cualquier otra cosa.