Nunca he sido de esas personas que les gusta pavonearse
diciendo la cantidad de libros que se ha leído, mucho menos aparentar ser una
persona culta, de esas que se sienta en un café a leer para así crear la
impresión de intelectual, para crear admiración en las demás personas, no, esa
relación con la literatura nunca ha sido de mi agrado por que los libros pasan
de ser un fin a ser un objeto de lo que quiero, y lo que quiero es volar,
soñar, transportar mi alma y mi pensamiento a lugares a los que mi pobre
imaginación no llegaría.
En estos momentos me encuentro pasando una crisis por así
llamarlo, no soy capaz de leerme un libro completo, me siento a escribir y no
me sale nada, es literal, nada ni una letra ni un manchón, las ideas escaparon
de mi mente, pero antes no era así,
recuerdo que solía dedicar tardes
enteras a leer, también recuerdo que cuando
era pequeña me encantaba sentarme junto a mi hermano y
escuchar a las personas contar historias, de esas de vida, de cuando
Bucaramanga era muy diferente a lo que es ahora, también historias de miedo y
otras de esas que dan mucha risa, recuerdo que las que más me gustaban eran las
que contaba mi tío el esposo de mi iguana, ellos son como mis abuelos, siempre
nos cuidaron y nos contaron muchas historias, es un recuerdo muy bonito, aún me
acuerdo de muchas ellas y se las he contado a mis amigos y a mi hermana menor, pero ellos no las valoran de la misma
forma que yo aún lo hago. Siempre he querido mantener la tradición oral, que
las historias pasen de generación en
generación, que al igual que a mí las historias los hagan soñar.
El amor por la literatura lo herede de mi padre, tal vez es
lo único bueno que le herede porque su capacidad para hablar en público y su soltura y conocimiento de todos los temas no han salido a flote en mí,
tal vez lo tengo pero no he encontrado el punto exacto en el que pueda hacer
uso de las capacidades trasmitidas.
Desde que era una niña cultivo en mí el amor por la lectura, nos hacía soñar y viajar con los libros que
nos daba a leer, mi papá trabajaba en una editorial y nos traía muchísimos
libros, él viajaba todo el tiempo y mi mamá trabajaba muy duro para sacar a
nuestra familia adelante, entonces en las tardes después de almorzar,
comenzábamos a hacer tareas y era ahí cuando la mano mágica de mi iguana
aparecía para enseñarme las lecciones, era
espectacular porque al terminar me daba
un vaso de limonada y eso me alegraba.
En ese tiempo mi hermano estudiaba en mi misma jornada y en la tarde
jugábamos junto a mis primos que vivían con nosotros, hacíamos muchas cosas
juntos, pero de ellos la única que tomo el amor por la lectura fui yo, recuerdo que el primer libo que leí me hizo
llorar, lloré toda una semana, mientras lo leía, cuando lo termine y aun ahora
cuando recuerdo una que otra cosa lloro como
si fuera la primera vez. No recuerdo como se llama, mucho menos de quién es
pero guardo en mi cabeza todas y cada una de las imágenes que cree del libro,
el pueblo que describía y de los personajes que más me impactaron, quisiera volver a leerlo pero sin un nombre
es un imposible, solo espero que el destino o algún ente supremo lo traigan
mágicamente a mi vida, así como llego para conservar el recuerdo de este primer
encuentro con la lectura, y que así como un día lo perdí (prestándoselo a un amigo para que lo
leyera) tal vez así vuelva.
Y es que los libros
en mi vida han sido es; magia, un
constante devenir, en el momento menos imaginado me encuentro un libro, que
llega a hacerme soñar y me convierto en
el personaje principal, en el que yo soy la princesa, la bruja o el cronopio y vuelo, vuelo por ese mundo que algún
escritor creo y me pregunto si lo haría pensando en mí y es un pensamiento
egocéntrico, pero todas y cada una de las palabras me llegan al alma y es como
si hubieran salido de mi para mí. Aunque no puedo negar que no con todos los
libros me pasa lo mismo, hay unos que me dan repulsión y no los sigo leyendo,
pero no puedo negar que unos que algún día odie hoy amo, y eso me hace pensar
que tal vez no era el momento indicado, que se adelantaron a su tiempo, pero
que están aquí, esto me paso con la
vuelta al mundo en 80 días de julio Verne y hoy se encuentra entre unos de mis
favoritos, es que siempre he odiado leer como imposición, leer lo que nuestros
maestros quieran que leamos, como podremos dar nuestro punto de vista si nos
encasillan en los que ellos quieren.
Hace unos días mi tío me pidió que le regalara un libro y le
dije que no podía regalarle un libro sin antes devolverle uno que él me había
dado, así que tome juan Salvador Gaviota y se lo di, sus ojos se llenaron de
lágrimas, de esas lagrimas llenas de nostalgia y de alegría al ver que ese
libro que un día que un día me leyó, que
un día me regalo era un tesoro para mí y que sabía que no estaría en mejores
manos, que nadie iba a valorarlo tanto como alguno de los dos, ese legado de mi
familia es lo que más valoro y amo por encima de cualquier otra cosa.